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La crisis de las ciencias sociales y humanas

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Por: Hugo Andrés Arévalo González

Resulta contradictorio que una persona que ejerza como periodista tenga que estudiar ésa carrera para denunciar las desigualdades; o que una persona que desea curar a otras, tenga que estudiar algo relacionado con la salud, como medicina o enfermería. Esta es una de las muchas contradicciones del ser humano y que se acentúan en el sistema capitalista salvaje actual. Ante la pérdida de esa humanidad en general, quizá lo más doloroso es darse cuenta que aquellas profesiones como las mencionadas anteriormente, que tienen que ver directamente con el ser humano, no son ajenas al control económico y político.

Ya lo decía el presidente de Uruguay, José Mujica en su discurso para la ONU el 24 de septiembre de  2013: “Desbocada marcha de historieta humana comprando y vendiendo todo, e innovando, para poder negociar de algún modo lo que es innegociable; hay marketing para todo: para los cementerios, el servicio fúnebre; las maternidades, padres, abuelos y tíos, pasando por las secretarias; los autos y las vacaciones. Todo es negocio. Todavía, las campañas de marketing caen deliberadamente sobre los niños y su psicología sobre los mayores para tener en el futuro su territorio asegurado”.

Un caso ejemplar de la crisis de las ciencias sociales y humanas, es el de una psicóloga del CTI que apareció en el documental ‘Impunity’ de Hollman Morris. La psicóloga, se suponía que debía tratar a las familias víctimas de la violencia (ver minuto 30). Es entonces, cuando al encontrarse con familias rotas por la ausencia originada en el asesinato o la desaparición, a esta señora se le ocurrió decirles a los adultos que cuando sus niños preguntaran dónde estarían sus tíos, abuelos, hermanas, porque ya no los encontraban, les dijeran: “Dios lo quiso así, porque Dios quería a un ser tan querido como tu mamá, porque tu mamá es muy buena. Entonces fíjate que a ella se la llevó el Señor porque la quería mucho. Inculcarles ése tipo de valores y situaciones a los niños para que ellos entiendan que la justicia divina es perfecta, y que si ocurrió, fue porque fue un agrado de Dios, tener a esa alma y a esa señora allá en el cielo. Entonces explicarle de esta manera también a los pequeños”.

La argumentación ineficaz de una profesional de psicología, donde el Dios de todas las religiones del mundo construido por el ser humano, más allá de lograr la unión y el bienestar colectivo, ha generado guerras y miseria. Entrometer a una proyección divina del ser humano en su afán por querer ser inmortal, solo hace más miserable la vida en la tierra. Dios no tiene nada qué ver ni con el campesino que se levanta todos los días a romperse la espalda cultivando la tierra, ni con la madre que vende arepas en una esquina en la ciudad para darles el estudio a sus tres hijos. Cada uno de nosotros, las personas de carne y hueso, somos dios. Somos nuestro propio dios y tenemos la responsabilidad y la obligación moral y ética de cargar con esto para entender que nuestras desgracias y éxitos no son más que nuestros. El decir cosas como que la desaparición de un ser humano o la muerte de un familiar es gracias a Dios porque “él lo quiso así”, es como ver a los niños cuando le echan la culpa a uno de sus amiguitos por haber roto un juguete: fue él –y señala con el dedo y mirada de angustia, sin que nadie le haya preguntado siquiera quién rompió el aparato. De fondo, la justificación divina no es más que un modo infantil y perjudicial de vivir.  

Dios no tiene nada qué ver en el ser humano. Decir esto, sólo disfraza la verdad y violenta la memoria de los muertos y los vivos. Decir que morimos por la justicia de un dios, es decir que no morimos por la acción legítima de un ser humano o un colectivo de personas que están en contra de una vida tranquila. Decir que una persona muere por justicia divina, es seguir justificando el obscurantismo medieval. ¿Y estos son los psicólogos con los que contamos? Esto es lo que pasa cuando la religión se mezcla con las profesiones; más grave aún, cuando profesionales de las ciencias sociales y humanas se prestan para hacer un trabajo psicológico con víctimas del conflicto armado.

Sin embargo, la crisis de ellas, las profesiones, no es sólo de ellas sino de toda la sociedad; de la estructura, de los modelos, y en últimas, en el origen de todo: del ser humano. Así como hay personas comprometidas con lo social; también hay otras comprometidas con lo antisocial: por eso hay sociólogos, psicólogos, antropólogos y todos los humanistas que uno se pudiera imaginar, trabajando en proyectos a nivel mundial para la comprensión de la mente humana. Toda esta gente busca seguir lineamientos políticos con grandes inversiones financieras, donde el fin es intentar controlar al ser humano: que se vuelva una herramienta de producción y se le puede manipular al antojo de los poderosos. Tal es el caso, por ejemplo, del sobrino de  Sigmund Freud,  Edward Berrnays, quien se convirtió en el padre de las relaciones públicas modernas (RRPP), particularmente en los Estados Unidos. Uno de sus principales aportes fue proponer una campaña dirigida a las mujeres en la que las invitaba a obtener clase, poder y libertad por medio del cigarrillo. Las mujeres que se sentían liberadas, eran entonces las que aparecían fumando en comerciales: todas con poses de grandeza, exhalando el humo con suavidad y elegancia. Ahora las mujeres estaban atadas a un nuevo mercado destructivo e igual de violento y represivo que antes.

Lo dijo Jacques Lacan en una entrevista el 21 de diciembre de 1974: “Mi miedo es que por  culpa de ellos, el real, cosa monstruosa que no existe, termine tomando la delantera. La ciencia está en tren de sustituir a la religión, con otro tanto de despotismo, de oscuridad y de oscurantismo. Hay un dios átomo, un dios espacio, etc. Si la ciencia o la religión lo logran, el psicoanálisis está acabado. (…) Hay una reviviscencia de la religión ¿no?  ¿Y qué mejor monstruo devorante que la religión, una feria continua con la cual entretenerse durante siglos como ya ha sido demostrado?”. Y lo entendió a su modo el sobrino de Freud, quien utilizó los estudios del psicoanálisis para potenciar la publicidad gringa y doblegar la voluntad humana.

Para finalizar, comparto un último caso, donde en su época, los escritores y filósofos Albert Camus y Jean Paul Sartre estuvieron en la mira del FBI: “¿Eran la filosofía y las divagaciones una conspiración contra la sana mentalidad utilitaria de los americanos? Para J. Edgar Hoover, un abogado presbiteriano amigo de la acción y enemigo de las segundas lecturas, darle demasiadas interpretaciones al mundo sí era una eventual sombra sobre la seguridad nacional (…) Lo que se buscaba era un tipo de espía culto, letrado, en lo posible, capaz de leer en el idioma original el volumen sospechoso. La CIA y el MI6, cuyas cúpulas eran algunas de las mentes más brillantes de las universidades americanas y británicas, respectivamente, los tenían en abundancia” (ver noticia sobre el espionaje a los filósofos).

Los que más trabajan para el Nuevo Orden Mundial, son algunas de las personas más inteligentes del planeta; el resto de las personas,  son los mismos brutos de siempre, pero al final todos son los mismos animales peores que los animales. Vaya contradicción. De qué sirvieron tantos millones de años de evolución, si al final nos seguimos destruyendo. ¿De qué le sirven estas mentes brillantes al mundo? Si en vez de colaborar sólo reprimen; en vez de prevenir problemas los castigan. De nada sirve la eficacia de la policía si antes no hay una ciudadanía consciente, sana física y mentalmente. La gente necia no aprende a los golpes.

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