No hay que ser católico para llorar por Notre Dame

Imagen del desplome de la aguja central de Notre Dame. Foto: AFP. Millones de personas defendieron en redes sociales la idea ligera y falsa de que los únicos que pierden algo con el incendio de Notre Dame son los católicos y la Iglesia como institución. En tiempos de fanatismos ciegos, ARCADIA expone muy variadas razones, y desde distintas voces, de por qué esta fue una pérdida para toda la humanidad.


3 notredame 1Este lunes, el fuego arrasó con una parte medular de la catedral de Notre Dame de París. Dos tercios de las bóvedas y tejados, así como la aguja central (popularmente conocida entre los franceses como la Flèche), sucumbieron a un incontrolable incendio relacionado, según investigaciones preliminares, con un accidente en las obras de restauración de su torre central. A pesar de que el cuerpo de bomberos de la ciudad anunció que la estructura está “a salvo y preservada” y que las llamas ya han sido “extinguidas”, algunos de los daños son irreparables y la alerta por la preservación del acervo cultural y patrimonial se encendió entre los diferentes líderes mundiales.

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La catedral es Patrimonio de la Humanidad desde 1991. Su estructura arquitectónica es una de las joyas del gótico europeo y por ella ha pasado gran parte de la historia política y cultural de Francia y Europa. La periodista Constance Grady de Vox recordó una de las frases que más ha resonado de cara al incendio: “París está decapitada”.

Por eso es sorprendente que ayer, a pesar del grave peso que tiene para la historia este acontecimiento, los apasionamientos extremos se hicieran sentir en redes sociales. “Por fin una iglesia ilumina algo”, fue el primer comentario que publicó un lector en ARCADIA tras la noticia. La perspectiva anticlerical que movió varias de las reacciones de duda y “alegría” con el incendio se difundió con la repetición insistente del adagio que popularizó Buenaventura Durruti en la Guerra Civil Española: “La única iglesia que ilumina es la que arde”.

Si bien el grueso de las respuestas al hecho fue de profundo dolor y solidaridad, no solo con el pueblo francés sino con la memoria cultural de la humanidad, cientos de personas defendieron la idea ligera y falsa de que los únicos que pierden algo con el incendio son los católicos y la Iglesia como institución; que la calamidad solo les corresponde a ellos.

Por eso, en tiempos de fanatismos ciegos, ARCADIA expone muy variadas razones, y desde distintas voces, de por qué esta fue una pérdida de toda la humanidad.

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Pablo Montoya
Escritor
¿Cuántas veces no fui a Notre Dame? Atraído por su mole gótica y su penumbra. He perdido la cuenta de mis recorridos por sus naves. No soy católico y tengo demasiados reproches para una religión que ha cometido insensateces y horrores durante su propagación por el planeta. Pero tengo la suficiente sensibilidad y el conocimiento de la historia de esa religión necesario para estremecerme ante sus logros estéticos. Uno de ellos está concentrado en las grandes catedrales góticas. Y Notre Dame me atrajo desde que leí a Victor Hugo y la vi por primera vez. Pero, en realidad, lo que más amo de Notre Dame es su órgano y sus vitrales. Es decir, de ella que quiere permanecer desde su presencia pétrea, lo que más me conmueve es su condición espejante e ilusoria. Su órgano, por ejemplo, es una de las grandes maravillas de la música y cuando me enteré de que la catedral ardía, y que esa quimera humana que aspira a conversar con lo divino podía desaparecer, se me enfrío la sangre y los ojos se me llenaron de lágrimas. Entonces pensé en los músicos anónimos que han cantado allí, en los organistas que han tocado, en aquel maestro Pérotin que compuso acaso la música más misteriosa y sublime para que fuera cantada y tocada en la iglesia, y me llené de una profunda tristeza.

Sé que hay gente que piensa que Notre Dame es sinónimo de horror y que, en suma es una masa gris que representa una dominación y un poder, y por ello se dieron a celebrar su incendio. Pensar lo primero me parece comprensible. Pero hacer lo segundo es una manifestación mezquina de los imbéciles. Como las pirámides de Egipto o de Teotihuacán, Notre Dame es un momento alto en las representaciones arquitectónicas que el ser humano, esas criatura breves y frágiles, lograron consolidar a lo largo de los siglos. Por eso yo siempre me ha maravillado ante esas huellas pétreas. Y lo he hecho no desde el creyente, sino desde el que se asombra ante una majestuosidad bella. Que la gente dé dinero para reconstruirla me parece obvio. Es el sitio de París, de Francia, más visitado. Pero no olvido que los miles de desempleados y pobres que hay en ese país deberían de tener un rápido y efectivo apoyo económico como la catedral lo ha obtenido. Si se hiciera, Francia no sería el país más o menos vergonzoso que es ahora.

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Juan Cárdenas
Escritor y docente de la maestría en Escritura Creativa del Instituto Caro y Cuervo
Me estaba acordando hace un rato de esos pasajes de Mil Mesetas donde Deleuze & Guattari hablan sobre la construcción de las catedrales góticas y describen los métodos arquitectónicos basados ya no en un modelo euclidiano que concibe los edificios como ejecuciones de formas perfectas pensadas en abstracto, sino en un modelo arquimediano donde la materia —el corte de la piedra— proyecta su propia matemática. Se trata, dicen estos dos señores, de una “ciencia menor”, que “no se caracteriza tanto por la ausencia de ecuaciones como por el papel muy diferente que éstas adquieren eventualmente: en lugar de ser buenas formas absolutamente que organizan la materia, son “generadas”, como “producidas” por el material, en un cálculo cualitativo de óptimo”. Y lo más sorprendente, lo más emocionante y conmovedor es que esta ciencia menor de las catedrales góticas era posible solo gracias a un ejercicio colectivo, popular, producido en el corazón de los “compagnons”, unas cuadrillas de albañiles anónimos: las catedrales góticas no las hizo la Iglesia, tampoco el Estado, las hizo el pueblo. Y son una de las manifestaciones más impresionantes de un sofisticadísimo conocimiento plebeyo, concebido desde abajo. No creo que sirva de consuelo, por supuesto, pero es como mínimo una extraña casualidad que esto suceda mientras el pueblo de Francia, personificado en los chalecos amarillos, ha vuelto a tomarse las calles. El incendio acaba con el monumento –una momificada estampa turística– pero hace posible reavivar otra memoria. Otro Notre Dame surgirá de esas cenizas. Al final es cierto eso de que una iglesia que arde acaba iluminando algo.

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Halim Badawi
Curador y director de la Fundación Arkhé
Tristísimo el incendio que está ocurriendo en este momento en la . , en París, un lugar al que me encuentro amarrado por los más bellos recuerdos. Uno suele suponer que el patrimonio cultural de los países desarrollados, especialmente el de la ciudad sede de la UNESCO, París, es invulnerable a este tipo de catástrofes, pero ya vimos que el fuego puede destruir desde el mayor museo de Brasil hasta el monumento más visitado de Francia, uno por abandono estatal y otro por un problema técnico, y ninguno de los dos estuvo preparado para afrontar debidamente la desgracia. El patrimonio mueble e inmueble es frágil aquí y allá, en cualquier lugar. Urge, en países como el nuestro, tomar las medidas necesarias para que, el patrimonio colectivo, ese que nos singulariza y nos concede la oportunidad de la memoria, ese patrimonio tan desfinanciado y tan olvidado, no corra la misma suerte.

Alguien me escribió por mensaje privado diciéndome que le extraña que, un “ateo convencido” como yo, se entristezca por el incendio de un “centro de poder” religioso. Pues, a esta persona debo contestarle que, lo verdaderamente extraño, es que un ateo convencido como él tenga un estado de consciencia tan limitado, cosa que no espero de alguien que defiende la autonomía, el laicismo, la humanidad y el pensamiento crítico. Con el incendio de Notre Dame no se quemó prueba alguna de la existencia de Dios, lo que realmente se quemó fue una prueba irrefutable de nuestra propia humanidad, el testimonio del trabajo mancomunado de obreros, canteros y artesanos de la Edad Media, uno de los episodios más sublimes del arte de su época (de lo más alto a lo que los humanos podemos aspirar), una fuente de información invaluable, un elemento fundamental del paisaje urbano de París, el punto de encuentro de peatones y ciclistas, la excusa para escritores bohemios como Victor Hugo y tantos otros, el escenario de fondo de los barcos de turistas, el símbolo de una ciudad que ama y protege sus símbolos, el leitmotiv de los impresionistas a orillas del Sena a finales del XIX, y hoy, un museo de arte medieval, un espacio que nos recuerda críticamente un momento de nuestra historia, un estado de las cosas. Alegrarse con el incendio de obras de arte, bibliotecas, museos, edificios históricos o iglesias, no parece propio de alguien que aspire a comprender nuestra propia naturaleza, nuestro lugar en el mundo.

Carolina Sanín
3 notredame 4Escritora, docente, columnista de ARCADIA
Lo que hoy ha ardido y en parte ha colapsado en París no es simplemente un "templo católico". Es uno de los testimonios vivos de que hubo un tiempo —la baja Edad Media— en que el conocimiento, el arte, el trabajo (individual y colectivo) y la educación se concibieron de una manera más integral y acaso menos ingenua que hoy. Las catedrales góticas respondían al deseo de hacer un libro vivo universal que mostrara que el universo es habitable y cognoscible (aún hoy es ese el fundamento de todo afán científico y también de toda presunción política, en últimas). Las catedrales góticas eran —son— edificios legibles que vinculaban la breve y frágil vida del hombre con el largo pero finito tiempo del mundo (con la historia y las generaciones) y con la eternidad de Dios. En la construcción de una catedral gótica se involucraban todas las disciplinas del saber y del quehacer. La construcción no culminaba en una generación, ni en dos: quienes terminaban de hacer la catedral (si es que una catedral se termina de hacer) eran hombres a quienes los iniciadores no habían conocido ni concebido. Con ello, la catedral era construida por la ciudad entera: por su pasado, su presente y su futuro. Los vitrales, las esculturas, la pintura, la arquitectura buscaban transmitir la historia de la humanidad, o lo que se conocía de ella, y a la vez formular las preguntas correctas para llegar a entender cómo estaba estructurada la realidad. Un público —que en la época era iletrado en su mayoría— podía adquirir conocimientos (algunos explícitos, otros más sutiles, herméticos, espirituales) observando la catedral, viviéndola y compartiéndola. La catedral tenía una aspiración universal, que quizás no haya tenido ninguna otra empresa educativa hasta hoy (tal vez internet sea su correlato más exacto). Hoy el incendio de Nuestra Señora de París, un lugar donde he pasado horas deseando entender y a veces recibiendo la promesa de que un día entenderé algo, me ha recordado que todo es perecedero. Que más que los empeños del hombre y que todos sus amores puede el fuego del sol. Días después de que viéramos la foto del agujero negro, también leo este incendio como una invitación a volver los ojos hacia el saber de las catedrales (a veces las cosas se destruyen para hacerse más visibles): a recordar que los arquitectos y masones góticos ( y los autores de los enormes libros de cuentos ensartados, que eran catedrales escritas) se acercaron también (no menos que nuestra ciencia empírica —que entre otras cosas es un desarrollo de la alquimia y los cálculos de los medievales—) a ver más allá; a imaginar más y más lejos. Las torres y la aguja de Notre Dame, y todos sus altorrelieves, sus esculturas y sus vitrales claman una sola cosa: el ser humano puede conocer y elevarse. Hoy la humareda, que se eleva más alto que la aguja, afirma lo mismo. Todo en el mundo es finito, y todo se levanta.

Dante Trujillo
Editor y director de Solar
Dos apuntes breves sobre la tragedia de Notre Dame:

Les propongo a todos aquellos que se alegran por su destrucción, considerándola un símbolo justiciero tras las tropelías de la Iglesia, las barbaridades de los conquistadores franceses a lo largo de la historia o lo que sea que reclamen: bajémonos las pirámides y la esfinge de Giza: ¿cómo han podido sobrevivir esas aberraciones 4500 años si fueron levantadas con sangre y sudor de esclavos? Y ya que estamos, derribemos Machu Picchu, ominoso recuerdo del sojuzgamiento de chancas y chachapoyas; luego rasguemos los cuadros de Velázquez, porque fue auspiciado por un rey opresor que, entre otras cosas, avivó el colonialismo americano; y sigamos con...
Lo ocurrido es una tragedia, como cuando arde un museo en Río o es bombardeada una joya milenaria en Siria. Nos afecta a todos: eso es la humanidad. Pero Nuestra Señora de París, eterno ícono que ningún ejército se atrevió a mancillar, se volverá a levantar. Y no solo por la ayuda económica que se viene congregando con rapidez inusual, sino porque los parisinos en general, pero especialmente los ebanistas, los vitralistas, los arquitectos, los expertos la han amado y cuidado por generaciones; han estudiado y registrado cada detalle, y estoy seguro de que harán su mejor esfuerzo por volver a erigirla con todo el esmero y el cariño posibles. Será otra, pero será, y conservará, si no avivará, su gran potencia simbólica. Y también porque los franceses son un pueblo orgulloso, feroz cuando es necesario, capaz de milagros. La catedral, la que mientras ardía ayer desconsolaba a todo el mundo, a gente que quizá nunca la visitó ni lo haría nunca, volverá a erigir sus agujas hacia el cielo parisino. Mal que les pese a los necios. Esperen unos cinco años.

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María Wills
Curadora
La de Notre Dame es una de esas catástrofes proféticas en donde muere un poco del alma colectiva no solo de los franceses sino de todos, independientemente de dogmas. A mí me parece simbólico: un mundo que está en crisis. Sin embargo, me conmueve mucho Francia: dos empresarios conscientes del valor cultural de su país ya dispusieron 100 millones de euros cada uno para la restauración. El estilo gótico arquitectónico surge allí en la Edad Media y uno de sus elementos claves era la luz: esa que entraba por sus maravillosos vitrales para generar una sensación o vivencia mística que sacaba al hombre de las tinieblas para acercarlo a la luz. ¿Qué puede uno pensar cuando esa luz que entra proviene de llamas? Es, sin duda, una imagen apocalíptica que, al final, muestra que todo es efímero y perecedero (peores destrucciones se han visto como resultado de guerras). Como todo arte, desde sus orígenes, su belleza reside en ser portadora de otros tiempos. Notre Dame es una arquitectura cargada de mensajes y pedagogías; y es en la Edad Media en donde, más allá de la disposición de cruz, hay un interés por generar sensaciones de sublimación. Lo más bello del gótico para mí es tomar la luz como principio, esa luz difusa de colores. Luz divina, fenómeno de pureza. Afortunadamente, parece que los vitrales sobrevivieron el fuego.

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Pedro Adrián Zuluaga
Crítico de cine
El incendio en Notre Dame me hizo pensar en la relación entre lo visto y lo no visto (y entre lo digno de verse y lo escondido o menos digno). Toda catedral es en sí misma la manifestación visible de algo que no vemos: Dios. Su emplazamiento en el espacio y en el tiempo requiere de un trabajo escondido y no visible: las catedrales antiguas no tienen autor. Son la obra de un trabajo acumulado y anónimo que una vez terminado sirve para honrar al autor de todo: Dios, que propiamente tampoco tiene nombre. Estas reflexiones me llevaron a una historia que hace parte de la leyenda de Notre Dame: el jorobado Quasimodo, que iba a morir porque su monstruosidad no era digna de verse, pero que se salvó al ser escondido en el campanario de la catedral, desde donde podía ver sin ser visto. Quasimodo era el hijo de una gitana, ese pueblo que el cruel juez Frollo no quería ver en París. O tal vez solo había sido puesto al cuidado de ella, y esta se quiso deshacer de su carga. Entonces pensé en un sitio que es el misterioso fuera de campo de Notre Dame: el Hôtel-Dieu, el hospital más antiguo de Francia, ubicado a unos pocos metros de la catedral y donde han malvivido o muerto generaciones de enfermos y locos. ¿Por qué un hospital se llama “Casa de Dios”? ¿Acaso Dios se manifiesta –se hace visible– en la enfermedad, la locura y la indigencia, que no queremos ver y, sobre todo, en el cuidado que debemos a esos enfermos y a esa monstruosidad? El Hôtel-Dieu fue desmantelado por el presidente Hollande en 2013. Aquello no fue noticia mundial: ocurrió como un trámite burocrático. La interrupción de ese legado, el más importante de Europa y de la cristiandad –lo que significa hacerse cargo de la indigencia y el sufrimiento del otro– es al menos tan triste como el incendio de la catedral de París. Pero eso, en este régimen de visibilidad, es menos visible o no lo queremos ver.

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Sandro Romero Rey
Escritor, crítico de cine y dramaturgo
NUESTRA SEÑORA DE LOS RECUERDOS

La primera imagen que tengo de París es la del culito de Notre Dame. Quiero decir, la vista de la parte posterior de la catedral desde el Pont de la Tournelle, una tarde de otoño de 1990, cuando quemé mis naves y la vida comencé a pensarla en francés. Viví tres años a pocas cuadras de Notre Dame y su imponente silencio se convirtió en parte de mis días y en remedio para mi desconsuelo: “Cuando estés al borde del suicidio”, argumentaba, “paséate por el Pont de la Tournelle y mira a Notre Dame. Si los problemas no se te resuelven ante tanta belleza, lo mejor es que te arrojes al Sena”.

No. La catedral de Nuestra Señora no la vi desde la distancia de un bus para turistas, ni la miro con el desprecio de quienes aprovechan para sacarle los cueros al sol a la iglesia católica. Vivía Notre Dame casi a diario y, a pesar de no ser creyente iba, de vez en cuando los domingos a la misa, porque me encantaba la imponencia de la ceremonia, los sonidos del órgano como los rayos del fin del mundo, las bóvedas con sus bocas abiertas, las insólitas gárgolas que servían de contrapunto infernal a la dulzura temible del imaginario cristiano de mi infancia.

Cuando el realizador colombiano Diego García estaba rodando su documental titulado Las castañuelas de Notre Dame, lo acompañé durante meses en la aventura, oyéndole las historias inverosímiles de Jairo Tobón, el sacristán de la catedral, que había nacido en Colombia. Una noche, Diego me contó que Jairo descubrió unas maletas cuando ya habían cerrado la iglesia y, al abrirlas, se encontraron con los documentos de un compatriota. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que la maleta le pertenecía a alguien a quien había conocido por casualidades familiares y que, al día siguiente había tomado la decisión final.

Seguí visitando Notre Dame con todos los pretextos. Me encantaba que me visitaran mis tías o mis amigos caleños para alardear con mis pocos conocimientos de un lugar de dimensiones metafísicas, más bello que la belleza misma y tan temible como la mirada de Dios. Ayer, observaba aterrado el incendio del fin del mundo por la televisión y no pude evitar las lágrimas. Leo que quejarse por la desaparición de Notre Dame es una infamia, cuando se están incendiando las selvas amazónicas o los polos de la Tierra se descongelarán para siempre. De repente tienen la razón. Pero yo no conozco la selva amazónica ni pienso ir jamás a los polos líquidos de este planeta en desbandada. Por el contrario, conservo a Notre Dame muy viva en mi memoria, como si se tratase de una abuela arrogante a la que no puedo dejar de querer porque allí, adentro, muy adentro, estaba el secreto de mis devociones pendientes y la clave para develar mis más oscuros horrores.

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Fabián Sanabria
Doctor en Sociología y docente de la Universidad Nacional
Para mí Notre Dame es la cristalización de lo que es el gótico europeo después de la desaparición de las otras catedrales. Fue Victor Hugo quien le puso relieve simbólico a Notre Dame de París. Él mostró lo que es el gótico: la mejor simbiosis entre arquitectura, escultura y pintura. El arte les demuestra a los hombres que no es posible apartarse de la naturaleza. En todas sus obras, Hugo nos invita a no olvidar la naturaleza, y eso es el gótico. En el XIX, él hace un llamado para entender cómo Notre Dame condensa la identidad: no olvidar la tradición, no olvidar de dónde venimos.

Por eso se congregó una multitud a sollozar alrededor del Sena cuando todo se consumió, empezando por la emblemática ‘Flèche’, de Eugène Viollet-le-Duc, cuya estructura y cuyo armazón de madera son una pérdida invaluable. Desde el comienzo del incendio, Macron y la alcaldesa dijeron que lo van a reconstruir, pero esto ya es una pérdida no solo para Francia sino para la humanidad. Para mí este incendio es un llamado a la sensibilidad. En “La muerte de las catedrales”, Marcel Proust dice que uno no puede ser sensible ante una arquitectura si no se sabe de dónde viene esa arquitectura. Proust nos recuerda que les debemos mucho a esos muertos que lo hicieron, que debemos recordar a nuestros ancestros y a nuestros muertos. Eso es el gótico, eso es Victor Hugo y eso es nuestra Señora de París. Francia requiere un gran pacto nacional, porque Notre Dame es superior a cualquier discurso. Macron seguro ha debido hacer modificaciones sustanciales a su discurso, porque hay algo que nos liga más allá del dinero, que Notre Dame nos recuerda: el arte, la cultura y la belleza

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https://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/no-hay-que-ser-catolico-para-llorar-por-notre-dame/73919

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