Parásitos en el cerebro

Autor: Sandrine Ceurstemont.
Cuando Nathalie Feiner descubrió un diminuto nematodo en el cerebro de un embrión de lagartija roquera (Podarcis muralis) procedente de los Pirineos franceses, pensó que era un hecho fortuito. Como parte de un estudio había diseccionado cientos de embriones de lagartija sin haber encontrado nunca un intruso así, pero no tardaron en aparecer otros en el cerebro de otros reptiles nonatos.

Intrigada, Feiner, entonces en la Universidad de Oxford, y un colaborador suyo examinaron a los progenitores. Así descubrieron nematodos en los ovarios de las hembras que habían engendrado a los embriones infestados, lo cual llevaba a pensar que los parásitos estaban migrando a la descendencia, algo que se consideraba imposible.

Los parásitos que, como estos nematodos, no se multiplican en el hospedador suelen transmitirse, en los mamíferos, de la hembra a la cría a través de la placenta o de la leche materna. Pero hasta ahora se había creído que en las aves y los reptiles, la cáscara que envuelve el embrión en desarrollo actuaba como una barrera contra tales invasores. Nunca se había observado la infestación a través de un huevo de reptil, asegura Feiner. «Parece que hemos topado con una estrategia radicalmente nueva, propia de esos nematodos.»24 parasitos 1

Imagen: Embrión de lagartija roquera. [NATHALIE FEINER, UNIVERSIDAD LUND]

En un artículo publicado en American Naturalist el pasado marzo, Feiner y sus colaboradores relatan cómo examinaron 720 huevos de 85 hembras de lagartija roquera halladas en seis localidades. Solo descubrieron nematodos en ejemplares procedentes de la primera población pirenaica. Las hembras infestadas transmitían el parásito a entre el 50 y el 76,9 por ciento de los embriones.

El análisis de ADN indica que son similares a otra especie de nematodo alojada en el intestino del reptil, pero mucho más pequeño; se cree que podrían haber evolucionado a partir de esta última.

Feiner afirma que la transmisión a través del huevo podría haber pasado inadvertida porque básicamente se han examinado los parásitos de las aves y las tortugas, cuya cáscara se forma poco después de la fecundación, cuando el embrión es apenas una pequeña masa de células y resulta demasiado pequeño para albergar un parásito. En cambio, en los lagartos y las serpientes la cáscara se forma más adelante, cuando el embrión ha crecido más, lo cual facilita la parasitación. James Harris, del Centro de Investigación de Biodiversidad y Recursos Genéticos (­CIBIO), en Portugal, ajeno al trabajo, afirma que esta forma de transmisión podría estar muy extendida si la hipótesis del equipo es cierta.

Feiner sospecha que el nematodo modifica el comportamiento del hospedador, una argucia que los parásitos cerebrales suelen emplear para infestar a los depredadores del animal. Por ejemplo, los ratones infestados por Toxoplasma no rehúyen tanto la orina de gato y esto facilita que caigan presa del felino, de modo que el parásito pasa a la etapa siguiente de su ciclo de vida. «Confirmar la presencia del nematodo en un depredador de la lagartija roquera reforzaría nuestra hipótesis», concluye Feiner.

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