Espiritualidad para el siglo XXI

 

1. Somos paradoja

Reflexionaremos en las múltiples extrañezas que tienen la vida y el camino humano, tan envueltos en misterios y preguntas que nos recorren. La fe no está exenta de esos enigmas profundos. A menudo todo nos resulta desconcertante y paradójico. No hay muchas certezas. Hacer el camino nos produce curiosidad y desafío. Dios mismo nos llena de perplejidad y asombro y se nos vuelve bastante paradójico en sus designios. La aventura espiritual está colmada de situaciones sorprendentes. El tema se llama “Las paradojas de Dios y el Dios de las paradojas”.

La paradoja es una verdad al revés que nos llama la atención, una declaración que conlleva una aparente contradicción. El término se deriva de una palabra griega que está compuesta por el prefijo “para” que significa “contrario a” y “doxa” que significa “opinión”. Lo que contradice a la opinión común puede –entonces- considerarse una paradoja.

8 paradojas 3

Muchas veces la vida y las circunstancias están llenas de paradojas, excepciones a las leyes del juego de la existencia que nos llevan a considerar niveles más profundos de la realidad. En general se piensa que las paradojas son contradicciones o incluso absurdos. Sin embargo no tienen que ver con la lógica sino con la capacidad para conciliar opuestos.

Cuando los opuestos se integran estamos ante una paradoja. Lo absurdo no posibilita la conciliación de los opuestos. Su lógica no lo permite. Son inconciliables. La paradoja contiene opuestos complementarios que pueden mutuamente cohesionarse. No son extremos irreconciliables, al contrario.

En los ciclos naturales o en los procesos existenciales aparecen -a menudo- las paradojas uniendo opuestos. Por ejemplo, uno pueda conciliar juventud y vejez al mismo tiempo; ser niño y adulto, grande y –a la vez- pequeño, ser importante y conjuntamente no ser necesario, etc.

La realidad, la vida y las relaciones están llenas de paradojas que llaman permanentemente la atención. Los extremos se tocan y -muchas veces- son la misma cosa. Cuando eso ocurre estamos en presencia de una paradoja: una realidad que une lo que aparentemente es opuesto.

Que el ser humano sea cuerpo y a la vez espíritu, fuerte y débil, racional y sensible, inmanente y trascendente, son todas paradojas que nos definen. Somos una paradoja en sí mismos. La sabiduría consiste en integrar los opuestos.

¡Cuántas tensiones opuestas se mueven en nuestro interior: pulsiones de vida y de muerte, de amor y de no amor, de encierro en sí mismo y de salida de sí, de individualidad y de socialidad!

Vivimos entre paradojas. Somos seres paradójicos. La realidad también lo es. La sabiduría es unir, mezclar, combinar, mixturar las aparentes oposiciones. Hay que hacer una gran religación de todo. Un mestizaje de combinaciones. Nada es tan simple y lineal como parece.

2. Opuestos complementarios

Las paradojas no son contradicciones sino oposiciones que se encuentran, se reúnen, se concilian y se reconcilian transformándose en una realidad más rica y más profunda. No son absurdas. Sólo las contradicciones son absurdas. Las paradojas son oposiciones que -al unirse- nos hacen ver y sentir las cosas de otra forma.

El ser humano está lleno de oposiciones internas que se debaten en él. Aunque no es suficiente que sintamos amor y odio a la vez, que nos guste y no nos guste algo, que experimentemos atracción y desprecio, o que sepamos que algo está mal y lo mismo procedamos. No basta la oposición en sí. Eso nos hace simplemente contradictorios e incoherentes. Para que exista una paradoja, la oposición debe estar conciliada. Debe ser integrada. La paradoja es una integración de opuestos.

Esto implica mucho más trabajo interior. Cuando en la Biblia, el apóstol San Pablo dice “cuando soy débil entonces soy fuerte” (2 Co 12,10). No es una contradicción. Aunque aparentemente lo parezca sino que es una conciliación de opuestos. Es en una integración. Esa sabiduría de San Pablo no todos la entienden. Lo que dice el Apóstol es muy verdadero y profundo.

Cuando pensamos que la fortaleza tiene que ver con la dureza o la rigidez no podemos percibir que la fortaleza es la aceptación de la propia debilidad. Esa fragilidad nos hace vulnerables y a –a la vez- paradójicamente nos transforma en fuertes, en resistentes.

La madurez interior -tanto psicológica como espiritualmente- no necesita de la contradicción sino de la paradoja, la cual unifica. La contradicción –en cambio- disocia; la paradoja une. La contradicción separa, la paradoja concilia. La contradicción desliga, la paradoja liga.

La integración de uno consigno mismo se trabaja internamente en las paradojas de nuestro ser. Somos contradictorios cuando las tensiones se resuelven antagónicamente por oposiciones incompatibles. Somos paradójicos cuando logramos integrar nuestros opuestos.

Nuestras sombras pueden ser luces. Nuestras debilidades pueden resultar fortalezas. Nuestra pequeñez puede ser grandeza. Nuestra pobreza, riqueza. Sólo basta descubrir el secreto de la paradoja: conciliar los opuestos en integración

Las oposiciones pueden ser contradicciones que nos desintegren como fuerzas opuestas que descuartizan el interior o pueden ser tensiones que se integren en una unidad que resulta de la riqueza de los opuestos que se complementan.

8 paradojas 2

3. Paradojas de la fe

No sólo encontramos paradojas en nuestro propio ser y en nuestra vida sino que además igualmente las hallamos en nuestra fe cristiana. Allí aparecen opuestos que parecen contrapuestos y -sin embargo- están perfectamente conciliados. Confesamos que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre; que Dios es uno y Trino; que María es Virgen y Madre; etc.

En el Evangelio de Jesús aparecen continuamente paradojas: los últimos que serán primeros (Mt 20, 16); el que quiere ser grande tendrá que hacerse pequeño (20,26) y las bienaventuranzas (5,1-1) donde la felicidad son muchas infelicidades: pobreza, persecución, llanto, hambre, etc. La fe está llena de paradojas, opuestos que se integran en una sabiduría mayor.

En nuestra vida personal también hay paradojas que muchas veces nos desconciertan. Pareciera que los caminos de Dios guardan una cierta ironía en sus realizaciones. Sólo el que es capaz de integrar puede realizar el aprendizaje de esa sabiduría. Cuando el gran escritor argentino Jorge Luis Borges llegó a ser Director General de la Biblioteca de la ciudad de Buenos Aires que, por ese entonces, albergaba cerca de un millón de libros, ya estaba ciego. Me vio rodeado de libros que no podía leer. Él siempre imaginó que su paraíso personal era una biblioteca.

Al unir esos dos extremos -el amor a los libros y la imposibilidad de leerlos por su ceguera-escribió el famoso “poema de los dones” que en su primera estrofa dice así:

“Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche”.

Hay paradojas tan paradójicas que uno se siente especialmente solo.

4. Conjunción de opuestos

La paradoja como un encuentro de opuestos en la integración es un trabajo espiritual que algunos estudiosos llaman en latín complexio oppositorun o coincidentia oppositorum que quiere decir la complexión, la coincidencia o el encuentro de los opuestos.

Hay correspondencia entre los distintos niveles y los diversos planos en los cuales nos movemos los seres humanos: lo físico, lo emocional, lo espiritual, lo social y lo trascendente. Es un todo en mutua implicancia, concordancia y reciprocidad. Todo es un conjunto relacionado. Es una unidad conformada por opuestos que viven en permanente tensión ya sea por separarse –lo cual produce desintegración en la persona- o por integrarse, lo cual genera unidad y armonía.

Todos somos pluralmente ricos. Los opuestos semejantes y desemejantes son lo mismo, idénticos en naturaleza. Cuántas veces hemos escuchado que los extremos se tocan o que los polos opuestos se atraen. Los opuestos se necesitan para actuar conjuntamente. No son principios que puedan actuar solos e independientes uno del otro. Se requieren en su singularidad para realizar la complementación.

Nada está inmóvil. Todo se mueve, vibra, fluye y refluye. Avanza y retrocede, asciende y desciende. Hay un ritmo en todos los ciclos naturales y humanos. En todos los tiempos existe un devenir. Toda causa tiene su efecto y todo efecto tiene su causa. Hay muchos planos de casualidad. Algunos los podemos percibir y otros están fuera de nuestro alcance. Lo que no llegamos a comprender no es que no tenga causalidad sino que ella no está al alcance del plano y de la percepción en la que actualmente estamos. Tal vez dentro de un tiempo, si vamos creciendo y evolucionamos, lo que no comprendemos ahora, lo podremos entender.

Todo lo que ocurre tiene su lógica, su sentido y responde a una causalidad. No hay azar. No existe la casualidad. Existen múltiples causalidades en diferentes planos de percepción.
La causalidad no anula la libertad. Somos seres dotados de libre albedrío, de capacidad de libertad y de opción. De nosotros depende saber utilizar las diversas causalidades en nuestro favor o en nuestra contra.

Vivimos en la acción de opuestos complementarios que también existen dentro de nuestro como fuerzas conscientes e inconscientes: masculino y femenino; espiritual y material; racional y emocional; objetivo y subjetivo; activo y pasivo; inmanente y trascendente, etc.

Todos estos opuestos coexisten en nuestro interior. De nosotros depende que sean contradicciones o paradojas. Que estén integrados o desintegrados. Que sean opuestos contrarios u opuestos complementarios.

Hay que ser seres alquímicos que puedan transformar y transmutar, en su trabajo interior, todas las tensiones logrando la armonía de las integraciones. Los seres de luz no son los que no tienen oscuridad sino los que irradian su claridad a partir de sus propias sombras.

5. Seres paradojales

Las paradojas interiores no nacen de muestras contradicciones sino de la tensión que generan nuestros opuestos buscando la unidad y la integración. Las contradicciones son incoherencias, opuestos que se repelen. Las paradojas son opuestos que se complementan. Las contradicciones son oposiciones inconciliables. Las oposiciones complementarias, en cambio, se pueden y se deben conciliar. Sólo aparentemente resultan opuestas. Por eso se muestran paradójicas porque parecen opuestas, aunque -en verdad- no lo son.

Somos seres paradojales. El camino interior es la aceptación, la reconciliación y la integración de todas las tensiones, pulsiones y fuerzas opuestas que encontramos en nuestro interior. Cuando estas fuerzas no están integradas nos tiran, cada una para sus extremos y nos provocan un descuartizamiento interior, una ruptura, una fragmentación entre lo que somos, lo que deseamos y lo que hacemos. No podemos fusionar lo que somos, lo que estamos siendo y lo que queremos ser.

El ser humano que logra su propia unidad es el sabio. No porque no tenga tensiones interiores sino porque las resuelve como parte de su integración. El trabajo interior es un laboratorio donde cada uno hace la verdadera transmutación, el auténtico cambio, la alquimia que recrea todo lo antagónico en complementario.

No hay que sufrir las tensiones paradojales que tenemos y experimentamos en nuestro ser sino que hay que aceptarlas y trabajarlas pacientemente, incluso desde el sentido del humor. A menudo la vida, la realidad o Dios nos parecen algo irónicos en sus propósitos y designios.

6. Amor paradójico

El amor -a menudo- es paradójico. Puede albergar, en sí mismo, todos los opuestos. El amor no es contradictorio. Es paradójico. Complementa -en su unidad- a opuestos. Se enriquece con esa fuerza y tensión. Es por eso que puede contener pasiones aparentemente contrapuestas. Se puede amar y odiar a la vez; querer y no querer, desear y rechazar, atraer y repeler. Genera reciprocidad y comunión entre opuestos que se complementan mutuamente. Sostiene las diferencias. No las anula, ni las unifica. Las potencia para la complementación.

El verdadero amor siempre es paradójico. Está vivo. Tiene continuamente tensiones por resolver. Religa los opuestos en una unidad en las que las diferencias permanecen y se enriquecen. Es inclusión de opuestos. Ahí radica el secreto de su paradoja y, a la vez, su permanente atracción.

7. Coincidencias paradójicas en distintas mitologías antiguas y religiones

La mayor paradoja de la fe cristiana es la misteriosa unión entre la vida y la muerte. Esto queda claro en misterio fundamental del cristianismo: la pasión y la resurrección de Jesús.

Esta paradoja esencial no es original del cristianismo. Hay otras religiones y mitologías que nacieron mucho antes que el cristianismo y que también postulaban dioses paganos que morían y resucitaban.

El cristianismo cuando apareció no reemplazó a las religiones paganas, las cuales siguieron existieron sino que se apoyó en ellas y en muchas de las expresiones de la tradición oral y de las representaciones de otras creencias.

En mitologías y religiones antiguas existe un arquetipo común: un salvador que muere para redimir los pecados de la humanidad. Antes de Jesús ya lo era Krishna en India; Osiris y Horus, en Egipto; Odín, en Escandinavia; Zoroastro, en Persia; Tammuz, en Siria y Babilonia; Quetzalcoatl, en el antiguo México; Adonis, en Grecia; Mitra, en Persia e India; Mahoma, en Arabia; entre algunos otros. Todos recibían el nombre de “hijos de Dios”.

El Credo cristiano reza que Jesús después de morir “descendió a los infiernos“. La misma expresión se adjudica a Krishna, Zoroastro, Osiris, Horus, Adonis y Tammuz. Igualmente la resurrección de entre los muertos se afirma de Krishna, Buda, Zoroastro, Adonis, Tammuz, Osiris y Mitra. La resurrección era parte del simbolismo de la adoración al sol en las religiones antiguas.

Estas deidades nacen, mueren, pasan por el inframundo entre los muertos y luego retornan, renacen o resucitan.

La vida, muerte y resurrección, estaban estrechamente relacionados con el ciclo de las estaciones, el curso del sol y la renovación de las tierras y los cultivos. Todas estas representaciones son parte del simbolismo del inconsciente colectivo y del patrimonio común de los símbolos de las religiones y mitologías. La figura de Jesús y de otras divinidades paganas son un ejemplo de estos arquetipos.

Tanto en la Antigüedad -como también en la actualidad, en este siglo XXI- los arquetipos inconscientes son los mismos. Las mitologías y las religiones nos hacen ver, ayer y hoy, en el espejo del alma para reconocer allí las representaciones más paradójicas y más profundas del espíritu humano. El enlace de la vida y la muerte existe en todas las religiones que nos hablan de transformación.

8. Dioses que mueren y resucitan

Relatemos algunas historias de antiguas divinidades que -antes del cristianismo- se consideraban dioses muertos y resucitados.

La religión egipcia confiesa que el dios Osiris nació de una virgen. Su hermano que le tenía gran envidia lo asesinó, ocultando los restos para evitar que encontraran el cuerpo, desperdigándolos. La diosa Isis, esposa de Osiris, buscó y recuperó los restos de su difunto marido y -utilizando sus poderes- lo resucitó al tercer día. A partir Osiris resucitado –que también se lo representaba en una cruz- fue el juez de las almas, pesándolas en la balanza de la justicia para recibir -cada una- el premio o el castigo merecido.

El dios Osiris y la diosa Isis, llamada la virgen reina de los Cielos, tuvieron un hijo –el dios Horus- concebido milagrosamente incluso cuando el dios Osiris estaba muerto. A Horus, recién nacido, lo pusieron en un pesebre y fue visitado por reyes que le ofrecieron sus dones y ofrendas. A los 12 años, el pequeño Horus dejó atónitos -con su elocuencia- a los sabios. Al hacerse adulto tuvo 12 ayudantes que simbolizaban los meses del año y las 12 casas de zodíaco.

Por su parte en Persia e India se adoraba al dios de la luz solar, Mitra, el hijo de dios que murió para salvar a la humanidad. Su culto era una religión mistérica, secreta y esotérica. Los discípulos en ritual de iniciación, comían pan y vino significando la carne y sangre del dios Mitra.

En los países nórdicos y en la cultura vikinga, Odín era el dios principal de la sabiduría, la guerra y la muerte. Padre de dioses como Thor y las valquirias, quienes recogían a los guerreros muertos en batalla, los cuales entraban al Valhalla, el paraíso.

Odín -para garantizar el bienestar de su familia y de su pueblo- se colgó de un árbol y fue atravesado por una lanza para obtener el secreto de leer las runas que vaticinaban el futuro. El árbol del cual se colgó era un fresno que representaba el árbol de la vida y del conocimiento cuyas raíces y ramas mantienen unidos los diferentes mundos: el de arriba, el de abajo y el que intermedio que habitan los seres humanos.

En Babilonia la Diosa Samiramis -tocada por un rayo del sol- en un nacimiento virginal dio a luz a Tammuz, el cual cuando murió, su madre lo lloró por 40 días y Tammuz volvió a la vida. Esta cuarentena de días -previa a la muerte y resurrección de Tammuz- recuerda mucho a la Cuaresma que preparaba la Pascua de Jesús.

Por último, en la mitología griega Adonis era el dios de la belleza masculina, siempre joven, renacía cada año en un ciclo de vida, muerte y renacimiento; símbolo de la caducidad de la hermosura efímera. Su religión la profesaba sólo mujeres. Cuando nació, era un bebé tan hermoso que la diosa Afrodita, divinidad de la belleza femenina, quedó hechizada por su perfección, por lo cual se lo dio a la diosa del inframundo –Perséfone- para que lo cuidara, la cual quedó encantada por la belleza del pequeño y rehusó devolverlo. Zeus, el dios supremo, decidió que Adonis pasara cuatro meses con Afrodita, cuatro con Perséfone y los cuatro restantes del año con quien quisiera. Cuando fue adulto Adonis murió destrozado por los colmillos de un jabalí en el cual se había convertido el celoso amante de Afrodita -el dios de la guerra, Ares. Adonis posteriormente resucitó simbolizando el ciclo anual del florecimiento de la vegetación. Por eso era una divinidad que vivía en los jardines.

Todos estos misterios se celebran en las fiestas Adonias que duraban dos días y eran festejadas exclusivamente por mujeres. El primer día llevaban -por las calles- imágenes de Adonis dispuestas como cadáveres y realizaban todos los ritos de los funerales. También se plantaban semillas que al brotar honraban la resurrección.

También en la mitología griega está el Ave Fénix que cumplido su tiempo de la vida, moría para luego renacer con toda belleza. El Fénix era el ave del sol con plumas de oro. Cuando moría, consumido por el sol, se convertía en cenizas, de las que renacía, recobrando todo su esplendor.

Todas estas historias nos hacen ver que los arquetipos son patrimonio comunes de todas las religiones y mitologías antiguas. No deja de ser paradójico que el cristianismo haya puesto en el centro de su fe la muerte y la resurrección, los opuestos complementarios más fundamentales.

La realidad, la vida, la fe y todas las religiones son esencialmente paradójicas.

https://eduardocasas.blogspot.com/2018/02/las-paradojas-de-dios-y-el-dios-de-las.html

Contenido Relacionado

Suscríbase a nuestro Boletín

Busqueda en Creadess

Nota de Creadess

"Ten presente que no busco tu aprobaciòn ni influir sobre tì, me sentirè satisfecho si a partir de ahora comienzas a investigar todo por tì mismo".....Bruce Lee

Los textos de los artìculos publicados son tomados de otras pàginas y tienen claramente indicada la fuente de origen. Nuestra intenciòn es darles una visiòn amplia y no sesgada de los hechos actuales y contribuir a mejorar su bienestar fìsico, mental y espiritual dando herramientas ùtiles y una visiòn positiva de nuestras realidades.

Los artìculos del blog son escritos por nuestros colaboradores. Somos defensores de la libre expresiòn por lo tanto no ejercemos filtros ni sesgos en los contenidos pero si aseguramos la seriedad profesional y veracidad de las personas que postean.

Sigue a Creadess

Envía un mensaje o sugerencia

Nombre (*)
Entrada no válida
Correo (*)
Entrada no válida
Mensaje (*)
Entrada no válida
Entrada no válida

SIGUENOS EN FACEBOOK

SIGUENOS EN TWITTER

NUEVOS MIEMBROS