Cómo incluir a los más frágiles en el mercado de trabajo?

 

¿Todavía no ha visto la serie inglesa Black Mirror? Le invito a hacerlo. Le mostrará, no sin inquietarle, la deriva actual del capitalismo. Impaciente, en su desenfrenada carrera por obtener la mayor rentabilidad en el menor tiempo posible, con la cifra como fetiche. La serie le permitirá captar el impacto y las consecuencias subjetivas y sociales que tiene esa impaciencia en la vida cotidiana de las personas, sus efectos de alienación, infantilización, desresponsabilización y desamparo.

 

 Parece confirmar la tesis del gran sociólogo del trabajo Richard Sennet, que nos recordaba que el capitalismo se estaba volviendo cada vez más hostil a la vida.

Coincidía en eso con otro gran pensador, Zygmunt Bauman, que nos enseñó cómo los ciudadanos nos convertimos cada vez más en consumidores (consumidos y consumibles al mismo tiempo), empujados al trabajo máquina. Cómo los derechos de los trabajadores no son ya sino un obstáculo, y cómo lo dinámico, versátil, y flexible acaban siendo eufemismos de precariedad, fragilización, y segregación.

La trampa de esta lógica, que Donald Trump no duda en usar sin pudor, a cielo abierto, es que el otro –cualquiera, su vecino, un refugiado, finalmente tú mismo- es siempre deudor, culpable y en consecuencia desechable.

Este capitalismo impaciente promueve una concepción utilitarista de la vida que acaba convirtiéndola en una psicopatología permanentemente a medicar, en donde los síntomas son considerados trastornos mentales sin relación alguna con la subjetividad y la responsabilidad, y las personas potenciales enfermos mentales crónicos.

La distorsión

Este capitalismo impaciente promueve una concepción utilitarista de la vida que acaba convirtiéndola en una psicopatología permanentemente a medicar, en donde los síntomas son considerados trastornos mentales

Así, todo es susceptible de ser gestionado como un programa, desde las emociones hasta las relaciones sociales y laborales. Protocolos y evaluación, son considerados el sumun de la eficacia. Se trata de la ilusión del “cero defectos”, como ha señalado brillantemente el psicoanalista Eric Laurent.

¿Qué lugar queda entonces para aquellos que no siguen ese ritmo infernal? Afortunadamente, la realidad es más compleja que reducir el hombre y sus actos a una máquina programable. Hay otra lógica posible para entender y operar con la fragilidad humana. Otra manera de hacer con el trabajo, con la vida, en nuestra época tal como hemos podido comprobar en una reciente investigación titulada “Una pragmática de la fragilidad humana”.

Se trata de una experiencia en el marco de una empresa social, que toma muy en cuenta la subjetividad de los que en ella trabajan, y que nos muestra cómo se obtienen resultados económicos y al tiempo se construyen vínculos para la vida. Para una “vida buena”, sabiendo que la vida es una elección que implica siempre una pérdida. Aceptando por tanto que “no todo es posible” (a contracorriente del imperativo feroz de los cantos de sirena del marketing más agresivo como el “Nothing is impossible”), y que ese imposible es la condición misma del deseo y del aprendizaje.

Sabiendo también que el “buena” se refiere a la posibilidad para cada uno de construir un lugar propio en la sociedad, alejándose de una concepción moral de lo bueno, que estaría más bien del lado del hedonismo de masas de la “buena vida”.

El experimento

Una “vida buena” es una elección que implica siempre una pérdida, que acepta que “no todo es posible” y que ese imposible es la condición misma del deseo y del aprendizaje

Se trata de una pragmática, por tanto de una manera de hacer que incluye como punto de orientación el valor de las diferencias, de la cooperación y la corresponsabilidad.

La investigación -alrededor de lo realizado por la Fundació Cassià Just -en sus más de 20 años de funcionamiento como empresa de economía social (Cuina Justa), y con sus laboratorios sobre adolescencias y familias- nos ha enseñado que las fragilidades es lo más profundamente humano. Tener “cuidado” de ellas es el reto de una sociedad democrática que apuesta por hacer frente a la exclusión de ese capitalismo impaciente, que no tiene espera para aquellos que necesitan otro tiempo, el suyo propio.

Por: Eugenio Díaz

http://www.lavanguardia.com/vida/20170309/42627009285/fragiles-mercado-laboral-exclusion-psicologia-el-divan.html

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